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Encuadernación Yurevich V.A. Astronomía en la América precolombina
Id: 25346
 
13.9 EUR

Astronomía en la América precolombina

URSS. 232 pp. (Spanish). Rústica. ISBN 5-354-01064-0.

 Resumen del libro

El libro que presentamos al lector, mezcla de investigación científica seria y texto de divulgación científica, está dedicado a la arqueoastronomía. En él se explican de manera clara los fundamentos de esta nueva rama interdisciplinaria del conocimiento. El autor, astrónomo profesional, ha trabajado muchos años en América Latina, donde descubrió e investigó varios monumentos arqueoastronómicos, sobre los cuales se relata en la primera parte del libro.

En la segunda parte se describen las ideas astronómicas ya presentes en las culturas indígenas de la región andina de América del Sur.

La tercera parte contiene una descripción de los monumentos arqueoastronómicos de Mesoamérica, donde la astronomía alcanzó un nivel de desarrollo muy elevado. El autor propone y fundamenta varias hipótesis que explican las particularidades del calendario local y algunos detalles de los textos astronómicos que se han conservado. También se describen brevemente algunos monumentos de América del Norte.

Este libro es de especial interés tanto para astrónomos, arqueólogos e investigadores de las culturas antiguas, en particular, como para los amantes de la astronomía y la arqueología, en general.


 Índice

Introducción

I Monumentos arqueoastronómicos de Ecuador

1 Pirámides de Cochasquí
2 Plataformas circulares de Rumicucho
3 Pirámide Puntiachil

II Astronomía antigua de América del Sur

4 Orientación astronómica de los edificios
5 Calendarios de América del Sur
6 La astronomía en la religión de los pueblos andinos

III Astronomía antigua de América Central y América del Norte

7 Calendarios de América Central
8 Duración del año solar
9 Ciclos lunares maya
10 Tablas lunares del Códice de Dresde
11 Venus en la astronomía de Mesoamérica
12 La astronomía en la arquitectura de América
13 Astronomía antigua de Norteamérica
14 Monumentos astronómicos de la cultura anasazi
Conclusión
Bibliografía
Apéndice 1. Historia del Calendario (Coautor: José Egred A.)
Apéndice 2. Lista de términos geográficos y etnográficos

 Introducción

En su juego con mi vida, el destino quiso que viviera cerca de diez años en América Latina, lo cual es algo raro para un europeo. Durante cierto tiempo dirigí el Observatorio Astronómico de Quito, la capital de la República de Ecuador, además de ser profesor de astronomía en dos universidades. Estando allí es que comencé a dedicarme a la arqueoastronomía de América. El interés directo por este tema despertó en mí cuando visité por primera vez uno de los monumentos arqueológicos del Ecuador, las pirámides de Cochasquí. Yo le propuse a los arqueólogos ecuatorianos mi cooperación en las investigaciones astronómicas, y todo el trabajo posterior transcurrió en un ambiente de estrecho contacto con antropólogos y arqueólogos.

Al principio todo el trabajo consistía en la realización de investigaciones prácticas de los monumentos arqueológicos, es decir, trabajo de campo. Esto era muy interesante, además de ser precisamente lo que necesitaba mi especialización "estrecha": soy observador práctico o astrometrista. Poco a poco comencé a profundizar en el problema, a averiguar qué y dónde se había hecho algo sobre este tema en América. Después, cuando me propusieron dictar un ciclo de conferencias de astronomía antigua, y no solamente americana, para arqueólogos y estudiantes, me vi obligado a sistematizar toda la información recopilada, la cual había sido tomada de diferentes fuentes. En particular, tenía que ampliar el tema, por lo que tuve que dedicarme también a la astronomía antigua de América Central y del Norte.

Pasemos ahora a explicar detalladamente qué es esa ciencia llamada arqueoastronomía.

La arqueoastronomía es una ciencia que se formó tan sólo en la segunda mitad del siglo XX. Su objeto de investigación son las concepciones astronómicas del hombre antiguo. La arqueoastronomía se divide en dos partes: la arqueoastronomía propiamente dicha, la cual estudia los antiguos monumentos arqueológicos y artefactos (objetos hechos a mano) en búsquedas de su sentido astronómico, y la etnoastronomía, la cual se dedica a sacar conclusiones sobre las ideas cosmológicas y cosmogónicas de los antiguos a partir de los datos etnográficos y folclóricos, y también investigando los dibujos antiguos aún grabados en las piedras (petroglifos), en el suelo (geoglifos) y otros materiales. La terminología aún no es definitiva. Algunas veces a la ciencia que une a estas dos partes la denominan paleoastronomía, pero nosotros utilizaremos el término arqueoastronomía en su sentido amplio, por ser el más habitual. Como ciencia interdisciplinaria que es, la arqueoastronomía utiliza los resultados obtenidos por la arqueología y la astronomía, así como por la historia de las ciencias, la historia de la religión, la etnografía, la antropología, la lingüística, la paleoclimatología, etcétera.

Se puede considerar que el pionero o fundador de la arqueoastronomía es el astrónomo inglés Sir Joseph Norman Lockyer, también famoso por el descubrimiento del helio en el Sol. A finales del siglo XIX y principios del XX, él estudió la orientación astronómica de muchos monumentos arqueológicos de Egipto, el Medio Oriente, Grecia y Bretaña. Sobre esto Lockyer escribió un libro con el bello título "Amanecer de la astronomía". Sin embargo, el alto nivel de los conocimientos astronómicos de los hombres del neolítico y del siglo de bronce fue reconocido por los arqueólogos profesionales sólo en los años 60 del siglo XX, después de las publicaciones de G.Hawkins sobre Stonehenge y de los trabajos de A.Thom, quien investigó detalladamente muchos monumentos arqueoastronómicos de Bretaña. La situación posee cierto matiz paradójico, pues Hawkins en realidad no adicionó casi nada a la información ya existente en aquel tiempo sobre las direcciones astronómicas de Stonehenge. Sin embargo, Hawkins publicó el artículo con los resultados de sus investigaciones en la prestigiosa revista "Nature", fundada por Lockyer en el año 1869, y escribió un libro muy interesante sobre Stonehenge. Así resultó que la idea de que Stonehenge era un observatorio megalítico fue aprobada ampliamente primero entre los lectores comunes y después entre los arqueólogos profesionales. Los arqueólogos tuvieron que cambiar mucho sus opiniones sobre la cultura, la mentalidad, la visión del mundo y el modo de vida del hombre antiguo. En la actualidad las investigaciones arqueoastronómicas se desarrollan muy activamente en muchos países, surgen sociedades científicas internacionales, se realizan reuniones científicas regularmente.

Los primeros signos que testifican el interés del hombre antiguo por la astronomía son los artefactos que contienen huellas de la cuenta de los días según las fases de la Luna. Estos artefactos aparecen durante el paleolítico, es decir, unas decenas de miles de años atrás. Después aparecen las tumbas y necrópolis, orientados hacia los puntos cardinales. En las tumbas "ordinarias" se observa una relación con el sector occidental del horizonte, mientras que las tumbas sacrificiales rituales están orientadas preferiblemente hacia el este y el noreste. El más impresionante monumento de este tipo es la tumba--montículo Newgrange en Irlanda, construida cerca del año 3300 a.C. La verdadera astronomía comienza con la denominada astronomía de horizonte. El "observatorio" típico de los siglos de piedra tiene la siguiente forma: el lugar del observador, marcado habitualmente con una piedra parada (un menhir), la señal cercana (otro menhir), la cual indica la dirección del rayo visual, y la señal en el horizonte lejano, que habitualmente es alguna particularidad natural del horizonte. Esta última indica hacia algún evento astronómico como, por ejemplo, el lugar de la salida o de la puesta del Sol en los días de solsticio, o en los días que dividen el año en partes iguales, como son los días de equinoccio y las fechas intermedias. Esto es un signo evidente de la existencia de un calendario solar. Si en un monumento hay direcciones especiales que indican los puntos cardinales (norte, sur, este y oeste), esto es un testimonio de la invención del primer instrumento astronómico: el gnomon.

En el movimiento visible de la Luna también existen ocho puntos especiales del horizonte: las salidas y puestas de la Luna cuando las variaciones de su declinación alcanzan los valores máximo y mínimo, lo cual ocurre una vez cada 18,6 años. Estos puntos especiales están destacados en muchos monumentos antiguos. Las observaciones de las salidas de la Luna (a diferencia de las observaciones de sus fases) no tienen un sentido calendárico directo, aunque pueden ayudar durante el pronóstico de los eclipses. En cualquier caso, las cuidadosas observaciones de la Luna realizadas por el hombre antiguo indican que las observaciones astronómicas se transformaron en un ritual religioso, en un digno servicio a los dioses. En algunos santuarios antiguos como el famoso Stonehenge y el Savin transurálico, se conserva casi todo el conjunto de direcciones solares y lunares, las cuales están determinadas por los diferentes elementos de los monumentos.

Son pocos los monumentos arqueológicos donde se destacan las direcciones estelares. Habitualmente ellas están relacionadas con alguna de las etapas de los trabajos agrícolas. En cambio, en el folclore de los habitantes del Viejo y del Nuevo Mundo hay registradas muchas dependencias entre los períodos de tales trabajos y la visibilidad de las estrellas y constelaciones.

Toda la mitología de los antiguos, sus creencias y cultura, estaba relacionada de alguna manera con el cielo estelar, con el movimiento de los astros, con la división del cielo en constelaciones. Las investigaciones arqueoastronómicas son importantes porque ayudan a comprender muchas páginas de la historia de la sociedad antigua, de su lógica, su psicología, su mentalidad, sus estímulos de desarrollo, su experiencia en la lucha por la supervivencia. La interpretación ceremonial, religiosa y astronómica de los monumentos antiguos de diferentes épocas, aclara la organización de los complejos de viviendas y rituales, el sistema calendárico antiguo, las concepciones astronómicas en el folclore, el lugar y papel de estas concepciones en la cultura y en la vida.

Recordemos que la arqueoastronomía, iniciada con los trabajos de Sir Norman Lockyer a finales del siglo XIX, fue aprobada por los arqueólogos que trabajaban en Europa después de muchos esfuerzos y al cabo de mucho tiempo. Entre tanto, ya los primeros investigadores de las ruinas de Mesoamérica prestaron mucha atención a la orientación astronómica de los monumentos arqueológicos, y pronto comprendieron que muchos textos jeroglíficos en ellos contenían información calendárica. Pero a mí me dió la impresión de que de la astronomía se ocuparon los propios arqueólogos, mientras que los astrónomos profesionales participaron solamente en calidad de asesores.

Algunos problemas de la astronomía americana antigua despertaron mi interés desde el inicio. A mí me parecía evidente que alguien debía haber comparado, respetando todas la reglas científicas, el "Canon de eclipses" (lista astronómica de los eclipses) con las tablas del Códice de Dresde asociadas con los eclipses. Intenté averiguar los resultados existentes, pero en Ecuador no encontré ninguna referencia a este tipo de trabajo. Me interesaban los intentos realizados para argumentar el "extraño" calendario de los antiguos pueblos de Mesoamérica, en el que el año duraba 260 días, y por qué ellos esperaban el fin del mundo cada 52 años, pues esto debía ser una carga psicológica muy grande.

Al regresar a Rusia en el año 1994, yo ya no tenía deseos de continuar las investigaciones arqueoastronómicas iniciadas en América. Creía que sería suficiente si en los seminarios en el Instituto de Historia de las Ciencias Naturales y de la Técnica de la ACR (Academia de Ciencias de Rusia) y en el Instituto de Arqueología de la ACR, contaba todo lo aprendido y realizado por mí. Además de que las investigaciones en Ecuador fueron realizadas personalmente y los resultados casi no habían sido publicados. El hecho es que traduje mis notas al ruso e intervine en un seminario.

Mi intervención tuvo una resonancia inesperada. Justo en ese momento en Rusia comenzaban a desarrollarse activamente los trabajos arqueoastronómicos por iniciativa de los arqueólogos. En ese tiempo la arqueoastronomía ya había sido unida a la etnoastronomía. Repito que la primera seguía ocupándose de los monumentos arqueológicos y los artefactos antiguos, mientras que la segunda estudiaba los mitos, concepciones religiosas y costumbres populares para sacar de ellos información sobre los conocimientos astronómicos de los antepasados.

Resultó que yo era casi el único astrónomo con experiencia de trabajo de campo en arqueoastronomía. Así que los arqueólogos solicitaron mi ayuda y tuve que continuar con la arqueoastronomía. El resultado fue la publicación de un libro en colaboración con la arqueóloga y doctora en ciencias históricas T. M.Potiómkina "Experimentos de las investigaciones arqueoastronómicas de los monumentos arqueológicos". El libro fue escrito conforme a la decisión del simposio científico que tuvo lugar en el Instituto de Arqueología en el año 1996, en la cual se recomendaba tener una instrucción para la investigación astronómica de los monumentos arqueológicos (Potiómkina, Yurevich, 1998). La experiencia del trabajo en América fue muy útil, a pesar de que en calidad de modelo de investigación fue elegido uno de los monumentos rusos, Savin, situado detrás de los Urales, donde fue descubierta una serie de direcciones solares y lunares de astronomía de horizonte, y con esto fue aclarado que los habitantes del oriente de Europa conocían la astronomía igual de bien que los contemporáneos suyos que construyeron el Stonehenge.

Mis trabajos sobre la astronomía de América también interesaron a los americanistas rusos. En Rusia existe una escuela de investigadores de las culturas indígenas muy importante, la cual ha alcanzado logros significativos en el estudio de la historia y la cultura de las civilizaciones mesoamericanas como un todo. Es suficiente decir que gracias a los trabajos del científico ruso Yuri Valentínovich Knórozov (1922--1999), realizados durante los años 50, es que los americanistas hoy pueden leer las escrituras maya. Antes de Knórozov ellos sólo podían leer los números y las fechas calendáricas. La cooperación con los americanistas completó significativamente mis conocimientos sobre la astronomía de América Central. Espero que mis consultas les hayan sido útiles.

De esta manera es que, finalmente, nació este libro, escrito sin respetar ninguna de las reglas habituales, es decir, sin una intención preliminar de hacerlo, sin el seguimiento de una secuencia planificada de las investigaciones y, en general, sin ningún tipo de plan, sin un estudio preliminar de la bibliografía, sin la consulta de los especialistas. A propósito, la realización de los dos últimos puntos hubiera sido difícil de cumplir. La elección de la bibliografía resultó ser casual: tanto en Ecuador como en Rusia es muy limitada. Sin embargo, me parece que el material utilizado proporciona una imagen más o menos completa de la arqueoastronomía en general y de la astronomía antigua de América en particular.

Y bien, ?`qué es lo que sabemos? A diferencia del Viejo Mundo, aquí no hay necesidad de dividir nuestro objeto de investigación en arqueoastronomía e historia de la astronomía, sino que se deben estudiar todos los testimonios existentes. Esto se debe, en primer lugar, a un menor volumen del material de estudio, y en segundo, a que la astronomía de América carece de la frontera, trazada por el astrónomo del siglo XV Tycho Brahe, que separa a la historia de la astronomía de la astronomía moderna.

Utilizamos varias fuentes a partir de las cuales se pueden sacar conclusiones sobre nuestro objeto de investigación:

1. El estudio astronómico de los monumentos arqueológicos.

2. Los testimonios de los primeros cronistas, quienes dejaron notas sobre la cultura indígena durante el período inicial del descubrimiento de América por los europeos.

3. Las investigaciones etnográficas de las comunas indígenas que menos han sufrido la influencia de la civilización moderna "todoniveladora", y que siguen guardando las tradiciones antiguas.

4. Los textos escritos. Existen solamente en Mesoamérica, incluyendo las inscripciones jeroglíficas y las notas sobre los mitos indígenas escritas con caracteres latinos en los primeros años del "Encuentro de las dos culturas". (Este término neutral fue inventado en la víspera del 500 aniversario del viaje de Cristóbal Colón para no utilizar el término "descubrimiento de América" o el aún peor "conquista de América".) En América del Sur no hay textos descifrados universalmente reconocidos, e incluso no existe una opinión común sobre la existencia de escritura.

Yo disponía de muchos artículos con las descripciones de los monumentos por separado. La mayoría había sido publicada en los materiales de diferentes reuniones científicas. Entre ellos casi no hay artículos panorámicos, y casi siempre se aclaran problemas particulares, dispersos. Se debe mencionar el artículo de Antoni Aveni "Concepciones de la astronomía posicional utilizadas en la arquitectura mesoamericana antigua" (Aveni, 1980). El panorama más completo de América Central y del Sur es el del libro de Jesús Galindo "Arqueoastronomía en la América antigua" (Galindo, 1995), escrito como un texto de divulgación científica, facilitando así su lectura. Al igual que la mayoría de los libros de divulgación, el libro de Galindo es informativo e interesante, pero no siempre contiene las referencias a las fuentes, especialmente si las investigaciones fueron hechas hace mucho tiempo.

Pero los más interesantes son los textos astronómicos grabados en los monumentos. Ante todo, ellos nos muestran la compleja estructura del calendario. La investigación más completa sobre los calendarios está contenida en el libro de M.Edmonson "Sistemas calendáricos mesoamericanos. El Libro del Año Solar" (Edmonson, 1995).

El Códice maya de Dresde se cita en muchos artículos. Haciendo referencia a las tablas lunares contenidas en este manuscrito, los autores afirman que el Códice era utilizado para la predicción de los eclipses. Sin embargo, yo no logré encontrar ningún autor que hubiera realizado una comparación del Códice con el Canon de eclipses, y ni siquiera una explicación de cómo los mayas podían utilizar las tablas lunares para la predicción de los eclipses. Los trabajos sobre este tema no eran conocidos por los americanistas rusos. Solamente más tarde ellos me consiguieron el artículo de A.L.Vollemaere "Los eclipses del Códice de Dresde", donde el autor compara el Códice con el Canon y encuentra una coincidencia (Vollemaere, 1987). Él argumentó la suposición de que los sacerdotes maya conocían el período de repetición de los eclipses cada 405 meses. Pero Vollemaere realizó este trabajo para demostrar la fidelidad de su elección del punto cero del calendario (de la Cuenta Larga), elección que en mi opinión es muy dudosa. Considerando que era poco probable que existiera otro trabajo más detallado que el mencionado, yo mismo comparé las tablas lunares del Códice de Dresde con el Canon de eclipses. El resultado se expone más adelante. Entre otras conclusiones, se rechaza la afirmación de que el Códice permite establecer unívocamente el punto cero de la cuenta del tiempo, y se aclara la manera de usar el Códice para pronosticar los eclipses.

Los trabajos dedicados a la arqueoastronomía de América del Sur se pueden contar con los dedos de la mano. Existe un libro escrito por dos investigadores polacos, M.Ziolkowski y R.Sadowski, "La arqueoastronomía en las investigaciones de las culturas andinas". Sin embargo, a pesar del título, el libro se reduce al estudio de los testimonios etnoastronómicos contenidos en las crónicas de tres autores españoles (Ziolkowski, Sadowski, 1992).

Yo tuve que seguir el ejemplo de estos autores, y por eso es que en mi descripción de la astronomía de América del Sur se utiliza mucho la información sacada de los libros de los primeros cronistas sobre la astronomía de los indígenas, el carácter divino de los astros celestes, los rituales y fiestas relacionados con los fenómenos celestes. Durante las búsquedas de las fuentes de este tipo me ayudaron mucho los investigadores ecuatorianos de las culturas indígenas antiguas. Mi contribución aquí se reduce al establecimiento de cierto orden en la información existente y a la realización de algunos comentarios.

Comencemos nuestro relato con la descripción de lo que prácticamente fue el inicio del trabajo: la investigación arqueoastronómica de los monumentos arqueológicos de Ecuador. Pero antes debemos decir algunas palabras sobre el primer instrumento astronómico de la antigüedad: el gnomon.

Los habitantes de América no se limitaron a la observación de los fenómenos que ocurrían en la línea del horizonte, sino que inventaron instrumentos que les permitían fijar las posiciones y desplazamientos de los astros en el cielo. Uno de ellos es el gnomon, el instrumento astronómico más simple, pero muy efectivo. Éste consiste simplemente en un poste vertical situado en una plazoleta donde están marcadas las posiciones de su sombra en diferentes días y horas.

Las observaciones sistemáticas de la sombra del gnomon permiten determinar los días de solsticio. Se puede ver cómo el extremo de la sombra describe una curva en el suelo, cómo este extremo se aproxima poco a poco a la base del gnomon hacia el mediodía. Esta curva se traza en el terreno, por ejemplo, con un palo aguzado. Con estacas paradas se marca la posición de la mayor aproximación de la sombra a la base del gnomon, es decir, la posición de la cúspide de la curva.

Al cabo de cierto período de observaciones se puede llegar a las siguientes conclusiones: las estacas están distribuidas en línea recta, sobre esta línea también se encuentra la base del gnomon, y el paso de la sombra por la línea de estacas divide el día en dos partes iguales. Las observaciones sistemáticas durante más de un año permiten concluir que la sombra del mediodía crece cada día, alcanza el máximo el día del solsticio de invierno, y después comienza a disminuir hasta el solsticio de verano. Recordemos que el fenómeno de los solsticios ya se conocía de las observaciones del Sol en el horizonte.

El largo de la sombra depende de la altura del Sol en el mediodía. Evidentemente, el hecho de que el Sol alcanza mayor altura en el cielo de verano se conocía desde la antigüedad remota, mas la invención del gnomon permitió investigar exactamente esta dependencia. El punto del horizonte por donde sale el Sol en los días cercanos a los días de solsticio se desplaza lentamente, y determinar el día exacto del solsticio con los métodos de la astronomía de horizonte es muy difícil. En cambio, un gnomon suficiente alto permite determinarlo con mucha más seguridad.

En la zona tropical, la sombra del gnomon en dos solsticios diferentes cae a diferentes lados del poste. Existen días cuando el gnomon no da sombra en el mediodía. Estos días se determinan fácilmente y pueden servir como puntos de partida en la cuenta calendárica de los días del año. En muchos monumentos arqueoastronómicos de América existen direcciones destacadas, las cuales indican hacia los puntos de salida o de puesta del Sol en los días de su paso por el cenit. A diferencia de los días de solsticio, estos días no dividen el año en dos partes iguales, salvo si el punto se encuentra justamente sobre la línea ecuatorial.

El gnomon hizo otra contribución importante a la historia de la astronomía, o mejor dicho, tiene un mérito más ante la humanidad: por primera vez el hombre dispuso de una dirección fija exacta. Claro que las direcciones oriental y occidental eran conocidas desde antaño, mas su determinación a partir de las salidas y puestas de los astros era muy aproximada. Lo mismo se puede decir de la dirección norte determinada por las estrellas. Por el contrario, las direcciones norte y sur determinadas con ayuda del gnomon eran exactas y constantes.

No era difícil dibujar una cruz en el terreno e investigar las direcciones perpendiculares. Así fue aclarado que en estas direcciones el Sol sale y se pone casi justamente en la posición intermedia entre los solsticios. Si no se tiene en cuenta la refracción y se toma el centro del disco solar, entonces el Sol sale exactamente en el este en los días de equinoccio. Este evento no coincide con la posición intermedia entre los solsticios: la diferencia puede ser de uno o dos días. Sin embargo, los fenómenos de orto y ocaso del Sol en las direcciones este y oeste también pueden servir como puntos de partida en la cuenta de los días del año.

Todos estos eventos son reflejados en los folclores y religiones de los pueblos americanos: los días de solsticio, de equinoccio y de paso del Sol por el cenit eran muy importantes para los indios de América, y siempre eran acompañados de ceremonias religiosas y fiestas.

Consideremos todo lo dicho como una introducción muy extensa y pasemos al tema fundamental, indicado en el título del libro. Sin embargo, quisiera comenzar con una descripción corta del país donde realicé mis primeras investigaciones arqueoastronómicas: Ecuador.


 
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